CLICK HERE FOR BLOGGER TEMPLATES AND MYSPACE LAYOUTS »

lunes, 5 de julio de 2010

He presentat un relat per un concurs a l'ajuntamente d'Alacant. Alomijr guanye jejeje. Ací el deixe. Hi vaig posar tambè una ilustració preciosa de la meua germana, pero es a un programa estrany que no se usar i no puc posar-la al blog ^^.

El reloj sin horas
Autor: Alejandro Rubén Rodríguez Ruiz.
Colaboración: Ilustración a cargo de Irene Mael Rodríguez Ruiz.


Era de noche y los gatos, que salían en busca de presas, se delataban con sus propias
sombras proyectadas en la pared a causa de luz tenue de las farolas. En una pequeña calle,
en los barrios nuevos de la ciudad, una sombra humana se movía sigilosamente y sin llamar
la atención. La misteriosa sombra se acercó a la parcela de una de las casas, y saltó la
pequeña verja. Se acercó a la puerta y buscó algo en sus bolsillos. Sacó un manojo de llaves
y abrió la puerta. Con sumo cuidado, la cerró tras de sí y se descalzó para evitar hacer ruido
al caminar. Subió las escaleras silenciosamente. Sabía a dónde tenía que dirigirse. Se detuvo
en la primera puerta y, pegando la oreja, agudizó el oído. Apreció dos respiraciones. Una de
ellas era acompasada y profunda, la otra se denotaba por unos ronquidos suaves. El
matrimonio dormía. Siguió por el pasillo de puntillas hasta la última puerta, pasado el aseo.
Repitió el proceso y advirtió que su presa dormía plácidamente. Giró el pomo y empujó con
cuidado. No le temblaban las manos, ni sudaba, casi parecía que lo había estado haciendo
toda su vida. Se acercó a la cama y vio a una dulce niña de ocho 8 años, rubia con
tirabuzones enredados en la almohada. En el cabezal de la cama estaba escrito su nombre:
Alice. De todas formas, él ya lo sabía. Permaneció recto, impasible, sin moverse y
aguantando la respiración ante tal suculento premio. Sacó una toallita del bolsillo derecho
de su pantalón y un frasquito del izquierdo. Pasó veinte minutos observándola y al final, ya
decidido, desenroscó el tapón y vertió el cloroformo en la toallita. Presionó la boca y la
nariz de la pequeña. Ella abrió los ojos perturbada e intentó incorporarse, pero algo la
mantenía inmóvil y, al respirar, notó que sus pulmones no se saciaban de aire. Dirigió la
mirada hacia arriba y, entre las sombras, se hallaba alguien. Tenía el pelo corto y era
musculoso. Alice quiso gritar, pero no pudo, le estaba entrando un sueño repentino e
ineludible. Poco a poco, fue entornando sus ojos verdes hasta cerrarlos por completo.
Lo había hecho. Ya no había marcha atrás. No sintió arrepentimiento alguno o
culpabilidad. Se inclinó y, rodeando a la niña con los brazos, la alzó. Se calzó en el
recibidor y salió a la calle cerrando, otra vez con mucho cuidado, la puerta.
Fue calle abajo con la pequeña colgando inerte sobre sus hombros. El coche estaba a
tan solo cinco minutos, distancia suficiente para que nadie lo relacionara inmediatamente
con la familia, y, por suerte, no encontró a nadie por el camino.
Rápidamente, la colocó en el asiento trasero del coche y empapó un poco más la
toallita para asegurarse que no se despertara mientras él conducía. Puso el coche en marcha
y se dirigió hacia el centro. Una vez allí, aparcó en el garaje y envolvió a Alice en una
manta de forma que no se le viese el peculiar pelo que tenía. Al salir a la calle con ella en
brazos, tan solo se cruzó con un grupo de tres personas que avanzaban en dirección
contraria. Comenzó a caminar rápidamente, no se encontró a nadie más en todo el trayecto.
Se detuvo ante un portal y abrió con las llaves. Bajó por las escaleras y abrió una puerta.
Dentro había un espacio muy reducido con una cama ya preparada. El edificio estaba vacío.
Sólo vivía él y, los anteriores vecinos nunca hicieron uso de ése sótano. La depositó encima
de la cama y salió, cerrando la puerta. Subió hasta su propia casa, tres pisos más arriba. Se
sentó en el sofá agotado. Todo le había salido bien, demasiado bien. Sonrió para sí mismo.
En ese momento comenzó su sueño malicioso y lleno de lujuriosa maldad. Abajo, en el
sótano, empezaba, por otra parte, una pesadilla inigualable que Alice desconocía por
completo.
Horas más tarde, la niña abrió los ojos… ¿los tenía abiertos? La oscuridad era tal
que no alcanzaba a ver absolutamente nada, le costaba saber si los tenía abiertos o cerrados.
Gritó llamando a sus padres, pidiendo auxilio. Nadie acudió. Lloró de desesperación,
agobio y miedo. Con angustia, se movía por la pequeña habitación arañando las gélidas
paredes de piedra y golpeándolas. No sabía que estaba pasando, no comprendía por qué sus
padres no acudían a ella. Tampoco por qué estaba sola. Buscó de nuevo la cama a gatas,
palpándolo todo. Se metió entre las sábanas tiritando de frío y de miedo. Notó que llevaba
su pijama. Sabía que en un bolsillo tenía un reloj de muñeca que su padre le había regalado
por su séptimo cumpleaños. Tenía su personaje animado favorito y nunca se separaba de él.
Encendió la lucecita. Eran las 11:49. Sus padres ya se habrían levantado hacía tiempo. ¿Qué
habrían hecho al darse cuenta de que ella no estaba en su habitación? Se aovilló al pensar en
sus padres.
Encendía la lucecita del reloj a intervalos que a ella le parecían eternos pero que,
casi siempre, resultaban ser tan solo unos pocos minutos. Le daba miedo que se gastaran las
pilas, ese obsequio era lo único que la acercaba a sus padres.
La última vez que miró la hora, antes de que la puerta se abriese, eran las 16:39. No
se atrevió a sacar el reloj cuando él llegó por miedo a que se lo quitase.
- ¿Dónde están mis padres? ¿Dónde estoy? Ayúdame por favor.
El extraño permaneció impasible ante tales súplicas.
- Olvídate de tus padres, no los volverás a ver. Respecto a este sitio, - observó la
pequeña habitación y luego volvió a mirar a la asustada chiquilla - va a ser tu vida a
partir de ahora. Yo voy a cuidar de ti. Hay unas reglas. Si te portas bien, obtendrás
premios.
Le dirigió una sonrisa a Alice, pero ella no se la devolvió.
- Está bien. Debes tener hambre. He hecho algo para que comas. Más tarde vendré a
traerte la cena y mañana es cuando comenzarás a portarte bien.
Con la poca luz que entraba por la recién abierta puerta, Alice pudo apreciar la
estancia en la que se hallaba. Era muy pequeña y estaba compuesta por tan sólo una cama y
un pequeño recipiente. Cuando el extraño vio que lo miraba, le dijo que eso era lo más
parecido a un baño que iba a tener. No pudo ver su cara en ningún momento. Él le dijo que
lo llamase Sam. A continuación, él le dirigió una última sonrisa que ella, de nuevo, ni vio ni
le devolvió. Metió una bandeja con dos platos, uno con arroz y otro con fruta, junto a una
pequeña botella de agua. Cerró la puerta y se oyó cómo ponía doble llave y lo que parecía
un juego de cadenas. Luego, silencio.
Alice estaba realmente hambrienta. Desde la cama, palpó por el suelo a gatas hasta
llegar a su comida. Buscó a tientas una cuchara o un tenedor, pero no había ninguno. Cogió
un puñado de arroz con la mano y se lo introdujo en la boca. Cuando terminó volvió a la
cama y volvió a llorar silenciosamente.
A la noche, como había dicho, volvió Sam y le dejó un bocadillo y un vaso de
zumo. No dijo nada, pero se quedó mirándola durante cinco minutos. Alice le sostuvo la
mirada. Se fue, asegurándose de dejar la puerta cerrada, y volvió el insoportable silencio y
la oscuridad.
Alice casi nunca sabía cuando había estado durmiendo.
Cuando volvió a abrirse la puerta, Sam le dejó un tazón de leche con cereales y unas
magdalenas. Le informó de que eran las ocho de la mañana y se marchó.
Alice pudo confirmar la hora en su reloj. Pronto habría pasado un día desde que
entró en ese oscuro agujero. Pensó en cuántos días más iba a tener que estar allí metida.
Aunque Sam le había dicho que nunca volvería a salir, tenía la esperanza de que tarde o
temprano llegaría el día en que podría irse.
Como el día anterior, la puerta se abrió sobre las cinco.
- Muy bien, vamos a ver si de verdad eres una buena niña.
La hizo levantarse y, sin vacilación, la despojó de su ropa. Alice se asustó, no sabía
cual era la situación exacta de estar desnuda ante un hombre, pero sí sabía que era algo muy
personal. La empujó sobre la cama y se comenzó a desabrochar el cinturón. Ella se revolvió
e intentó ir a hacia la puerta, pero Sam la agarró por la muñeca haciéndole daño y la volvió
a empujar sobre la cama.
- Eso no es portarse bien. Tus padres te castigaban cuando no te portabas bien, ¿verdad?
Terminó de quitarse la ropa y se puso sobre Alice. Ella notó un dolor muy intenso
en la vagina y, por mucho que intentase deshacerse del peso que estaba encima de ella, le
era imposible. Sintió ese dolor durante lo que a ella le parecieron días, pero sólo habían
transcurrido treinta minutos.
Sam volvió a vestirse y, antes de salir y cerrar la puerta se giró.
- Espero que mañana no hagas tantas tonterías. Como es la primera vez, no te castigaré
muy severamente. Simplemente, no cenarás esta noche.
Se alegró de que se fuese, aunque ello significase que dejase de entrar más luz por la
puerta. Lloró toda la tarde hasta que, sin fuerzas, se durmió.
Se despertó a las seis de la mañana. Le dolía todo el cuerpo y tenía hambre. Nunca
se había sentido tan mal en su vida.
Fuera, la policía buscaba a la niña por todas partes. Los padres facilitaron
fotografías de la pequeña desaparecida e hicieron una lista de los lugares a los que solía ir.
El hermano de la madre pegó carteles con su fotografía por toda la ciudad. No hubo señal
alguna de Alice. Esperaron una carta o una llamada pidiendo un rescate durante semanas,
pero nadie escribió o llamó.

● ● ●

- ¿Cuánto tiempo ha pasado desde que estoy aquí? – le preguntó Alice a Sam un día
cuando le bajó la cena.
- ¿Para que lo quieres saber?
- Por saber.
- La curiosidad mató al gato - ella no reaccionó ante aquello. Nunca había oído esa frase
hecha. - Dentro de dos meses hará cuatro años.
Cerró la puerta y dejó a la niña de 12 años en la cama, a oscuras.
- Ya han pasado cuatro años, Cheryl.
- Lo oí. Estoy segura de que un día saldrás de aquí. Volverás a ver el mundo de fuera.
Debe ser precioso.
- No sé. Después de tanto tiempo, creo que afuera me moriría. Hace tanto que no veo el
sol, o el mar. He olvidado cómo era mi ciudad, mi mamá y mi papá. No recuerdo sus
caras. En este mundo, sólo os tengo a ti y a Sam…
- Eso no es cierto – la cortó Cheryl -, fuera tienes una familia que te quiere y te está
esperando. No puedes abandonar ahora.
- De acuerdo. Aguantaré un poco más.
Entre las sombras, Cheryl guardó silencio y no volvió a hablar. La dejó pensar y
reflexionar. Llegó de la nada. Un día, Sam lo había pasado muy mal y, cuando bajó, le dio
tal paliza a Alice que perdió la vista temporalmente y se desmayó. Cuando despertó, notaba
como Cheryl le acariciaba el pelo y la consolaba. Nunca había podido verla. Cada vez que
Sam abría la puerta, ella se escondía en algún sitio. De todas formas, ella lo prefería así. Le
había hecho compañía en los momentos más difíciles de esos últimos tres años.
- Cheryl, aunque no quieras que te vea, dime, ¿Cómo eres?
- Cómo soy… hagamos una cosa, Alice. Dime cómo crees o cómo te gustaría que fuese
y, en las cosas que vayas acertando, te lo diré.
- Está bien – reflexionó – tienes el pelo negro. Unos ojos grises. Delgada pero alta.
Tienes un colgante con forma de corazón. Una pulsera, regalo de tu mejor amiga. Una
piel oscura y suave. Una cara bonita, con hoyuelos. Te veo en la playa, ¿puede ser?
- Por supuesto.
- Bien. Estás en una playa, con un hermanito. Hacéis castillos de arena juntos. Os bañáis
en el agua y nadáis hasta muy hondo. Haces una carrera con él hasta llegar a la orilla.
Tienes una bonita sonrisa. Los dientes blancos y el pelo recogido en una coleta…
Alice siguió contando cómo quería que fuese su vida perfecta. Continuó sin
detenerse hasta que llegó a su lecho de muerte, con sus hijos y nietos observándola en el
ataúd. Cansada ya, iba a dormirse, pero Cheryl le susurró algo al oído, le contó algo. La
marcó en su roto corazón.

● ● ●

Habían pasado cuatro años más y la voluntad y resistencia se habían mermado poco
a poco hasta desaparecer por completo. Para Sam, Alice se había convertido en su
confidente. Seguramente a causa de que, como tenía un secreto tan oscuro, no era capaz de
confiarle todo a otras personas. A pesar de ello, eso no libraba a Alice de recibir palizas y
brutales violaciones. En ese aspecto, Alice nunca se había podido acostumbrar y era un
infierno cada vez que la forzaba a hacer cosas horribles.
Cheryl nunca dejó de animarla y, en muchas ocasiones, jugaban a juegos como
piedra, papel o tijera pero, al estar en la oscuridad, tenían que fiarse de la palabra de la otra.
- Luego vengo, viene Sam – dijo Cheryl.
Las cadenas se corrieron, se oyó el clic de la cerradura y la puerta se abrió. Apareció
Sam. Esos días había estado muy enfadado por culpa de sus compañeros de trabajo. Sam era
profesor de química en una universidad y le habían criticado mucho en las evaluaciones
finales.
Alice nunca le preguntaba como estaba. No le debía nada. Sam se comenzó a quitar
el cinturón, pero Alice oyó que Cheryl le susurraba algo muy bajito al oído.
- Huele mal, ¿no crees?
- Sam, huele raro.
Dejó de quitarse la ropa y olisqueó el aire.
- Parece humo… ¡viene de arriba!
Salió corriendo a toda prisa dejando la puerta entornada.
- ¡Alice, mira!
Miró hacia la puerta, estaba abierta.
- ¡Ahora Alice, tienes que irte ahora!
Se levanto despacio y abrió la puerta del todo. Estaba debajo de unas escaleras.
Estaba todo muy iluminado. Incluso las descuidadas paredes con manchas de humedad le
parecieron bonitas.
- Vamos Cheryl.
- Yo no voy, no puedo.
- ¿Cómo que no puedes? Tienes que venir.
- Yo vivo aquí, pero no estaré mucho tiempo en este sótano, pero tampoco puedo
seguirte.
Salió de entre las sombras y, Alice, la vio por primera vez. Tendría su edad, pero era
más alta. Era idéntica a la descripción que una vez hacía cuatro años hizo de ella. Sus ojos
resplandecían ante la luz.
- Tengo que quedarme aquí, pero tú debes, mejor dicho, tienes que irte. Sube esas
escaleras hasta que veas el número uno. Entonces sal a la calle y corre, no pares de
correr.
- No puedo dejarte aquí. Tú eres la única amiga que tengo Cheryl, ¡ven conmigo!
- Debes darte prisa.
La miró a los ojos. Ya había tomado su decisión, no pensaba acompañarla fuera.
- Te echaré de menos Cheryl, de verdad.
Se disponía a irse cuando Cheryl, sin salir del umbral de la puerta, la llamó.
- Se te olvida esto.
Le extendió la mano con un reloj. Era su reloj. Hacía mucho tiempo que se le había
acabado la pila. Tenía dibujada a Esmeralda, de su película favorita, El jorobado de Notre
Dame.
- Ahora entiendo lo que me contaste aquel día. Te quiero.
Salió corriendo por las escaleras y, cuando llegó al primer piso, abrió la puerta. En
la calle, había muchísima gente. Todos corrían en todas direcciones. Algunos con el torso
desnudo y otros con vestimentas extrañas. Comenzó a correr calle arriba. Hacía tanto que
no usaba las piernas que se cansó muy pronto. Al final de la calle había una enorme figura
ardiendo y vio gente gritando alrededor de ella y otra, por el contrario, llorando. Aunque
apenas recordaba cómo era el exterior, no le sonaba nada de aquello. Asustada, se arrinconó
en una esquina y se acurrucó. Tenía miedo. Se arrepintió de haberse separado de Cheryl,
pero no sabía volver. Echaba de menos su agujero.
La gente pasaba sin preocuparse ni detenerse ante ella. Al final oyó unas voces muy
cercanas y que no pasaban de largo.
- Oye tío, creo que esa no está bien. Mírala, es muy joven para ir borracha. Oye, ¿te
encuentras bien?
- No sé dónde estoy - dijo Alice con la cabeza aún entre las piernas, agarrándose fuerte
con los brazos y la voz temblando.
- ¿Te has perdido? Dime dónde vives.
- No lo sé.
- ¿Dónde están tus padres?
- ¡No lo sé!
El muchacho se agachó y levantó su barbilla. Alice tenía un rostro muy pálido, a
excepción de unas llamativas cicatrices y algunas manchas de sangre seca en la cara.
- ¡Joder tío! Mira, no está bien - le dijo a su amigo - vamos, échame una mano. Te
vamos a llevar a un hospital.
Alice simplemente se dejó llevar. Nunca había puesto resistencia cuando le exigían
algo. Se desmayó de camino a causa del miedo.
No podía abrir los ojos, pero podía oír. Alguien hablaba en voz baja.
- Ha sido agredida sexualmente de una forma brutal y repetida, que como consecuencia,
los abusos le han provocado una esterilidad permanente. Eso explica el que no tenga
ovulación mensual y el que no se haya quedado embarazada a lo largo de estos años.
Alice no entendía nada de lo que ése hombre estaba diciendo.
- Pobre hija mía. ¿Cuándo despertará, doctor?
“¡Mamá, mamá!”
Alice quiso gritar al volver a oír la voz de su madre después de ocho años, pero no
podía pronunciar palabra alguna.
- Mañana, seguramente. Creo que ha sido un desmayo a causa del impacto. Ella no llegó
a ver nunca La nit de la cremà, ¿verdad?
- No, era muy pequeña. Temíamos que se perdiera entre la gente y se la llevase
alguien…
Antes de terminar la frase, se echó a llorar de una forma silenciosa, pero se podía notar.
“No llores mamá, por favor”
- Lo mejor a partir de ahora será que la ingresemos en un módulo especial de
rehabilitación. Cuando esté mejor, podrá irse a casa con ustedes, si así lo desean. A
partir de eso, tendrán que ocuparse de su educación. Se ha perdido una parte de la vida.
- Por supuesto que queremos volver a estar con ella.
“Papá, estoy aquí papá”
Dejó de oír las voces y volvió a caer dormida. Tuvo un sueño, estaba en la playa y
jugaba en la arena junto a Cheryl.

● ● ●

Un guarda aporreó las rejas de la celda.
- ¡Eh, tu, monstruo!, tienes visita.
Se incorporó en la litera.
- ¿Yo?
- ¿Acaso hablo chino? Venga Sam, que me da asco perder el tiempo contigo.
- Me llamo Samuel.
- Me importa una mierda, Sam. Vamos.
Lo siguió hasta una sala con un telefonillo que comunicaba ambos lados del cristal
blindado. No supo exactamente lo que sintió cuando vio a una Alice ya adulta. Cogió el
telefonillo con curiosidad. Hubo un silencio, pero Samuel lo rompió.
- No voy a pedirte disculpas. Ya estoy pagando por lo que hice.
- No esperaba que lo hicieses, tío. En realidad, supe quién eras cuando me trajiste la
comida por primera vez. Simplemente lo ignoraba por que no quería creerlo. No fue una
noticia nueva cuando mamá, tu hermana, me lo dijo. En cambio, sí lo fue el que
intentaras suicidarte - Miró sus muñecas cicatrizadas - Supongo que no aguantabas la
soledad tan bien como yo.
El silencio de Samuel confirmó lo que su sobrina acababa de decir.
- ¿Has venido para echármelo en cara?
- He venido por dos razones. Una: te agradezco que me hubieses enseñado a valorar la
vida. Cuando estaba en rehabilitación, todos los que estaban ahí querían morirse, pero
yo no. Yo quería viajar y conocer mundo.
Silencio.
- ¿Y la segunda?
- ¿Alguna vez hubo otra chica conmigo en ese agujero?
Samuel se quedó extrañado por la pregunta. Ella debía saberlo si así fuese.
- No - dijo insensiblemente.
- Ya veo…
Alice se quedó pensando durante cinco minutos. El timbre que señalaba el final de las
visitas sonó.
- La primera y la mejor amiga que tuve me dijo algo único un día hace ya mucho
tiempo. Me dijo en qué consistía el amor. En las circunstancias en las que estaba, no la
pude ni creer ni entender. Ahora lo veo, lo siento y lo entiendo. Nunca en tu vida has
sentido amor. Ojala descubras su significado en tu celda.
Colgó el telefonillo y, sin dirigirle una última mirada, salió de la prisión. Su madre
la esperaba en el coche, junto a su hija adoptiva, Cheryl.


En memoria de les chiques que han sigut agredides sexualment i han tingut una vida terrible.